En mis casi 30 años en el mundo de la enseñanza deportiva trabajando con familias jamás me encontré con un padre/madre que me dijera que iba a a hacer todo lo posible para que su niño/a se convirtiera en uno de los 8-10 mejores físicos nucleares del mundo. O que llegase a formar parte de la plantilla de científicos de la NASA en su edad adulta. O que me asegurara que su hijo/a tenía tanto talento escribiendo y tanta imaginación que le iba a inscribir en una escuela de escritores para que llegase a ser merecedor del Premio Planeta.

Hace unos años, apenas 10 ó 12, era impensable que hubiesen varios canales televisivos exclusivamente dedicados a retransmisiones deportivas de todo tipo o canales temáticos de fútbol, motos o fórmula 1 en nuestros televisores. Las retransmisiones eran puntuales a lo largo de la semana, siendo más extensas si coincidían con grandes eventos tipo Olimpiadas, Mundiales, Grand Slams… Hoy, por fortuna, el deporte tiene una presencia continua en nuestros canales, y podemos disfrutar de él a diario. Y además, mejor aún, de todo tipo de deportes. Quizá esta visibilidad lleva a creer a muchos que “llegar ahí” es lo normal, que es una meta realista a perseguir para el peque de la familia.

Sin embargo, en general, el deporte que vemos por la televisión no se corresponde con el “Deporte” que buscamos con nuestra práctica diaria o con la de nuestros hij@s. Ese deporte con tanta visibilidad tiene mucho más que ver con el espectáculo que con la “recreación, pasatiempo o ejercicio físico, por lo común al aire libre” del que habla la RAE en su definición. El “Deporte” como tal, es el deporte base, el que conduce a miles y miles de niñ@s y adult@s cada fin de semana a apostar por un estilo de vida saludable, por un futuro mejor y por un presente lleno de valores y ocio entre amigos.

Puede llegar a ser preocupante la idea generalizada de que el “Deporte” base tiene que ser el camino hacia el profesionalismo. Que cualquier niño/a que disfruta haciendo un deporte y además se le da bien, tiene que buscar la senda para llegar a ser profesional. Esta meta trae consigo la especialización temprana, horarios de entrenamiento diarios inacabables, la separación con su medio social de amistades, caóticas organizaciones familiares… Y al final, ¿para qué?. En un 99,99% de las ocasiones para lograr jóvenes frustrados, que abandonan la práctica deportiva aún en la adolescencia.

Lo que se ve por la tele es lo extraordinario. Los que logran estar ahí, en la “cúspide” de sus profesiones, han atravesado un camino mucho más duro de lo que podemos imaginar. Más allá del tiempo de vida invertido, y de los recursos económicos de la familia, el gran sacrificio viene por todo aquello a lo que tienen que renunciar. Jugar como niños con niños de su edad y su entorno. Ser jóvenes realizados y socialmente plenos y adaptados. Aunque cada vez es más habitual encontrar academias, escuelas o clubes que prometen ese camino de profesionalismo (te recomiendo preguntar a quien te ofrezca ese camino te muestre los nombres de los que han llegado a la cúspide en sus clubes), es tarea del padre/madre hacerse una reflexión. ¿Este camino le está haciendo feliz HOY a mi hijo/a? Ante la duda, mejor plantearse su hay otros caminos más claros.

Three children with sports equipment embracing, looking at camera and smiling

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